Primera entrada de una serie sobre fauna ibérica, fotografía de naturaleza y fototrampeo. O de cómo acabé pillando a un zorro, a dos cazadores y a unos piragüistas con los pantalones bajados.
Hace un tiempo me entrevistaron en Tras la Huella, el podcast de El Caldén. Un podcast de un mundo, el de la caza, que no es el mío. Así que empecé con un disclaimer: no la defiendo, no critico todos los tipos de caza y, sobre todo, no la entiendo.
Unos meses antes, en el episodio #11 de nuestro podcast, le había preguntado a Jorge Escanciano, fotógrafo de fauna, si el proceso fotográfico se parece al de la caza. Rastreo, acecho, espera y disparo. Solo que en un caso el animal se queda en el monte y en el otro, en el congelador.
Hoy sigo sin cazar. Pero ya tengo claro lo que pienso. Y como esta entrada abre una serie sobre fauna ibérica, te debo una explicación: por qué persigo animales con una cámara y no con un rifle.
¿Qué pienso de la caza?
Lo primero: no hablo desde el sofá. He matado animales para comer. Lo hice de forma voluntaria, sin ninguna obligación, con una única pregunta en la cabeza: ¿soy capaz de asumir ese sufrimiento a cambio de mi alimento? La respuesta fue que sí. Y precisamente por eso tengo claro dónde está la raya.
La resumo en una frase: la necesidad obliga, el placer es optativo.
Entiendo la caza cuando es para comer. No hablo de pasar hambre, que hay supermercados. Hablo de alimentarse frente a divertirse o lucrarse. Creo que la caza de un lugar debería ser de quienes viven allí, con buena regulación, y que el monte podría ser su despensa. Lo que no entiendo es que venga gente de fuera a divertirse o que gente de dentro haga negocio con la muerte de un animal.
Por eso, para que no haya dudas:
- Caza de trofeo: no. Matar para colgar una cabeza en el salón no tiene un pase.
- Caza en puesto con la presa cebada y dirigida: no le veo el mérito. Te traen el animal, disparas y otro se encarga de desollarlo, despiezarlo y cargarlo. Eso no es cazar; es apretar un gatillo con servicio de habitaciones.
- Caza para comer, aprovechando el animal entero: la defiendo. Y si abates un jabalí, no hace falta que salgas otra vez hasta que te lo hayas comido.
Y aquí viene lo incómodo. Puestos a hablar de sufrimiento, me parece más honrado comerse hasta el último gramo de un jabalí que ha vivido libre que comprar la carne de una vaca que nunca ha pisado un prado y dejarse media chuleta en el plato. Quien caza lo que come se hace cargo de esa muerte. El resto, la mayoría, la delegamos en una bandeja con film transparente.
¿Y el control de poblaciones?
Es el argumento que siempre sale. Mi respuesta: lo ideal es que la naturaleza se regule sola, con sus depredadores. El lobo, el oso y los que se comen las crías. Sé que eso, hoy, es bastante utópico.
Así que, mientras tanto, propongo algo más prosaico: separar el control de poblaciones del ocio y del negocio. Si hay que hacer batidas, que las organice la administración como un servicio público, no como una actividad recreativa que genera dinero para unos pocos.
Ya sé lo que me vas a decir: que la caza sostiene la economía de muchos pueblos. Es verdad. Pero el animal vivo también da de comer. En la Sierra de la Culebra, el turismo de observación del lobo se estimaba en más de medio millón de euros para el sector turístico local, mientras que las subastas de caza del lobo en la zona rondaban los 30.000 € (datos recogidos en Estudios Turísticos). En la Sierra de Andújar, que fue conocida como la capital de la montería, el lince ibérico ha atraído un turismo de naturaleza que antes no existía.
Ojo, no es una reconversión completa: en ambos sitios la caza sigue conviviendo con la observación. Pero demuestra que hay alternativas que no pasan por el disparo.
Es mi opinión. Tengo contradicciones y las asumo. Pero tengo clara la raya: matar solo cuando vas a aprovecharlo, y honrar esa muerte.
Lo que la caza tiene (y yo me quedo sin matar)
No voy a negarlo: cazar tiene que ser apasionante. Estás en el monte, aprendes a leer el terreno, entiendes a los animales, rastreas, esperas. Casi todo lo que hace atractiva la caza ocurre antes del disparo.
Jorge Escanciano lo contaba en el podcast: hasta algunos cazadores le decían que, para ellos, cazar era acercarse al animal, buscar el viento y trabajárselo. No apretar un gatillo a un kilómetro con una mira telescópica, algo en lo que él tampoco le ve emoción.
Eso que valoran los buenos cazadores es justo lo que me da la fotografía de naturaleza. Y tengo dos maneras de practicarla.
Cámara en mano: fotografiar sin disparar
La primera es la clásica: salir al campo, buscar al animal y fotografiarlo. Con los años he ido juntando un pequeño archivo de fotos de fauna. No soy fotógrafo profesional ni pretendo serlo; como decía Jorge, lo importante es salir, conocer y disfrutar, aunque sea con un equipo humilde. Una foto que no ganará ningún concurso pero en la que se reconoce perfectamente una cabra montés ya ha cumplido su función.
Mi equipo es una Nikon D7200, que ya tiene sus años, con un Tamron 18-270 mm f/3.5-6.3. Es un objetivo todoterreno que no destaca en nada, pero me deja pasar de un paisaje a un animal sin cambiar de lente ni espantar a nadie en el intento. Para lo que yo hago, sobra.

Sierra de Guadarrama. Ni teleobjetivo de mil euros ni hide: el rebaño entero posando. (En libertad)
Eso sí, la fotografía de naturaleza tiene su propia ética, y no todo vale por una buena foto:
- El animal es lo primero. Si se altera, se va o deja de hacer lo que estaba haciendo, te has acercado demasiado.
- Nada de cebar ni de preparar el escenario para conseguir la foto perfecta. Jorge le veía poco mérito a los hides con comida puesta: el escenario está montado y el animal, habituado.
- Nidos, madrigueras y épocas de cría, ni tocarlos.
- Transparencia. Algunas de mis fotos son de animales en cautividad, en centros de recuperación o núcleos zoológicos. Vas a ver siempre la etiqueta: en libertad, en cautividad o fototrampeo. Hacer pasar por salvaje a un animal cautivo es una de las trampas más feas de este mundillo. Y, de paso, muchos de esos animales están ahí porque no pueden volver al monte, que también es una historia que contar.
Asociaciones como AEFONA, la Asociación Española de Fotógrafos de Naturaleza, tienen su propio código ético. Si te vas a iniciar, léelo antes de comprarte ningún objetivo.
Fototrampeo: el monte trabaja mientras duermes
La segunda manera es la que más me engancha, y la que más recomiendo para empezar.
La fotografía de fauna es preciosa, pero cara. Un buen cuerpo de cámara y un teleobjetivo decente se van fácilmente de los mil euros, y súmale las horas de espera y la paciencia de un monje. Una cámara de fototrampeo cuesta una fracción de eso, trabaja de noche, sin que estés y sin que el animal te detecte. Para empezar, para un colegio, un campamento o una familia, es infinitamente más asequible.
Y, sobre todo, es más didáctica. Antes de ponerla tienes que hacer lo mismo que un buen cazador: buscar huellas, excrementos, pasos, revolcaderos, comederos. Preguntarte por dónde va a pasar el animal y a qué hora. Elegir el sitio, la altura y el ángulo. La cámara es pasiva; el trabajo de verdad es tuyo. Es el método científico con barro en las botas. Y al final, en vez de un cadáver, tienes una foto. Y el animal, su vida.
Uso una Ceyomur 4K con panel solar y WiFi. Nada de material de laboratorio: una cámara de gama doméstica, con batería recargable, ángulo de detección de 120° y resistente al agua y al polvo (IP66). El panel solar le da autonomía para quedarse días en el monte, y el WiFi me permite descargar las imágenes al móvil sin tener que abrirla ni manipularla, lo que significa menos olor, menos rastro y menos molestias.
Tengo dos formas de trabajar, según cómo viajemos:
1. Fototrampeo exprés (una noche en camper). Cuando pernoctamos con la furgo, antes de dormir, cuando ya no hay nadie por los alrededores, busco rastros cerca y coloco la cámara en un paso que me parezca lógico. Por la mañana, antes de arrancar, la recojo y vemos qué ha pasado por la noche. Poca preparación y mucha lotería.
2. Campamento base (de 4 días a 2 semanas). Cuando nos quedamos en un sitio, me lo tomo con calma: rastreo más, busco pasos claros, coloco la cámara y la reviso cada día. Y corrijo. Una vez me pasé varios días acumulando vídeos de ramas y pájaros, hasta que entendí que estaba mal orientada y que el sensor se disparaba con cualquier cosa. Error de principiante que te ahorro.
La magia de abrir la tarjeta
Si trabajas con peques, esto lo tienes que vivir. Abrir la tarjeta de una cámara de fototrampeo es como abrir un regalo: no sabes qué hay dentro. Puede haber un zorro, un jabalí, un gato montés… o 300 fotos de una rama moviéndose con el viento. Las dos cosas enseñan.
En un campamento es una herramienta brutal: la colocas el primer día con el grupo, la revisáis cada mañana y se convierte en el ritual que todo el mundo espera. Cada noche es un capítulo nuevo.
En casa tenemos debilidad por los zorros. Una vez, en los Montes de Toledo, encontramos una cabra muerta en el monte y pusimos la cámara a ver quién venía a carroñar. Varias noches seguidas apareció el mismo zorro, empeñado en llevarse toda la carne que podía.
Lo bonito habría sido cerrar con «la naturaleza no deja media chuleta en el plato». Pero luego descubrí de dónde había salido la cabra: de un ganadero de la zona que se deshacía así de sus cadáveres. Lo hizo mal, como tantos otros, y no es el malo de esta historia: es un ejemplo de algo bastante más común de lo que parece. Pero el zorro no estaba en un documental. Estaba comiéndose un menú que había puesto una persona. Esa historia, y la de otros dos zorros, la cuento en la primera ficha de la serie.
Y luego están los humanos. Porque una cámara de fototrampeo no distingue especies, y te llevas sorpresas. Hemos pillado a cazadores (que acabamos identificando y con los que lo hablamos en el pueblo) y a un grupo de piragüistas que eligieron el terreno de un amigo como baño de emergencia. Ciencia ciudadana, lo llaman.

Montes de Toledo, 7:12 de la mañana. Menú del día servido por mano humana. (Fototrampeo)
Antes de poner tu primera cámara
- Personas: si sale alguien reconocible, no lo publiques. Hay normativa de protección de datos y no es broma. Por eso aquí no verás ni a los cazadores ni a los piragüistas.
- Permisos: en fincas privadas, pide permiso al propietario. En espacios protegidos, consulta la normativa: algunos exigen autorización.
- No molestes: nada de poner la cámara junto a nidos, madrigueras o zonas de cría. Y no la revises más de lo necesario: cada visita deja olor y rastro.
- No cebes. Poner comida es alterar el comportamiento. Y ojo, que hay cebos que nadie pone a propósito: una bolsa de basura, una mochila abierta o un cadáver mal gestionado.
- Ubicaciones: si captas una especie sensible, no publiques dónde está.
- Robos: las cámaras desaparecen. Cadena, candado y discreción.
🎒 Para tu mochila (de educador)
Dinámica: «¿Quién habrá pasado?» (infantil y primaria; en el patio, un parque, una salida o un campamento)
- Antes: el grupo busca rastros y propone hipótesis: «aquí ha pasado un… porque…». Las apuntáis.
- Colocación: decidís juntos dónde, a qué altura y apuntando a qué. Cada decisión, con su porqué.
- Después: abrís la tarjeta en grupo y contrastáis con las hipótesis. ¿Acertamos? ¿Qué no esperábamos? ¿Qué cambiaríamos?
En un patio de colegio igual sale un gato, una urraca o el conserje. Da igual: lo que importa es el proceso. Observar, predecir, comprobar y aceptar que la naturaleza no hace casting.
Lo que viene: fichas y cromos de fauna ibérica
Esta entrada abre una serie. A partir de ahora, cada especie de la península que haya fotografiado, con cámara o con fototrampeo, tendrá dos materiales:
- Una ficha con sus características, sus hábitos y, sobre todo, sus indicios de rastreo: huellas, excrementos y señales para que sepas si ha pasado por ahí aunque no lo veas.
- Un cromo para coleccionar. Y te adelanto un secreto: cuando la colección crezca, esos cromos se convertirán en un juego de cartas. Uno en el que no gana quien destruye al rival, sino quien construye el ecosistema más equilibrado.
Los cromos no se descargan del blog: llegan solo a quienes estén suscritos a la newsletter, uno con cada especie nueva. Si quieres empezar la colección desde el número 001, apúntate aquí.
Spoiler: el primero es un zorro. Bueno, tres zorros. En casa no hay debate.
La necesidad obliga. El placer es optativo. Y la curiosidad no mata a nadie.
¿Y tú? ¿Cazas, fotografías, fototrampeas o estás pensando en empezar? ¿Qué animal te gustaría que apareciera en la colección? Cuéntamelo en comentarios, sin miedo a discrepar: aquí cabemos todxs.













