O de cómo ocho adolescentes y una brizna de hierba me bajaron del púlpito en diez minutos.
Ayer me dieron una clase magistral. Y no la di yo.
Estábamos facilitando el Survival Challenge en un parque de Madrid Laura, Sergio, Alberto y yo, con un grupo de una UFIL. Para quien no lo sepa: las Unidades de Formación e Inserción Laboral acogen a jóvenes de 16 a 18 años que no terminaron la ESO y están aprendiendo un oficio para entrar al mercado laboral. Treinta y ocho personas, muchas llegadas de Marruecos, Senegal, China o América Latina, algunas sin dominar todavía el castellano, y también chicos y chicas gitanos, nacidos aquí pero pertenecientes a un colectivo que lleva siglos en los márgenes.
Sobre el papel, lo que en cualquier sala de profesores se llamaría un grupo complicado.
Spoiler: no lo fue.
¿Qué pasó?
Lo que pasa casi siempre con estos grupos, aunque nadie se lo espere.
Atendieron a la explicación inicial. Se metieron en la orientación. Respetaron las normas a la manera en que lo hacen los adolescentes: buscando el resquicio, tanteando el límite. Que es exactamente el juego de la educación. Bromas, sí. Faltas de respeto, ninguna.
Cuando vi que algunos recién llegados no estaban pillando las instrucciones, pedí ayuda a un par de compañeros suyos para que hicieran de traductores. Ni un mal gesto. Lo hicieron encantados, con una seriedad que ya quisieran algunos claustros.
Mérito suyo, desde luego. Pero también de un equipo que sabe estar: Laura, Sergio y Alberto se movieron entre los grupos con la cercanía justa, sin agobiar y sin desaparecer, que es mucho más difícil de lo que parece.
La clase magistral, eso sí, llegó después.
La hoguera
Uno de los retos del juego consiste en montar la estructura de una hoguera para, hipotéticamente, encenderla con una sola cerilla. Hipotéticamente, sí: estamos en un parque urbano y aquí no se enciende nada. Lo que se evalúa es la selección de material y la estructura.
Lo eligió un grupo de ocho jóvenes de Senegal. Siete chicos y una chica.
Me acerqué a observar y me quedé callado. Cosa rara en mí.
Sin que nadie diera órdenes, se repartieron las tareas. Se dispersaron por la zona y volvieron con madera seca, seleccionada, no lo primero que pillaron. Empezaron a apilarla sin cegar la entrada de aire. Uno de ellos cogió una brizna de hierba, la soltó al aire, miró hacia dónde caía y decidió por dónde dejar la apertura. Al lado, apartaron troncos gruesos como reserva. «Para luego», dijeron.
Para luego. Ni siquiera estaba en el reto. Pero cuando has cocinado con fuego porque no había otra forma de comer, sabes que siempre hay un «luego».
Y no montaron el tipi de manual que salía en mis apuntes. Montaron un fuego en estrella: troncos que convergen hacia un nido de hierba seca en el centro, listos para irse empujando hacia dentro según se consumen. Poca leña, fácil de regular, horas de brasa. El fuego de cocinar de medio planeta. El que no sale en los cursos porque, claro, aquí no cocinamos con él.

La estructura que montaron, explicada. Ellos no necesitaron el esquema; nosotros, sí.
Yo, que llevo años haciendo descubrir el triángulo del fuego a base de preguntas, no tenía nada que preguntar sobre la hoguera. Solo sobre ellos.
¿Y dónde aprendisteis esto?
Así que hice lo único sensato: preguntar. Cómo cocinarían ahí. Qué harían para que no se descontrolara. Qué les parecía la madera que habían elegido. Cuándo habían hecho su primer fuego de verdad. Y de quién lo habían aprendido.
La respuesta fue de una sencillez demoledora: en Senegal, mirando a los mayores. Lo usaban para calentarse y para cocinar. Nadie les dio un curso. Nadie les puso un parche en la mochila. Miraron, ayudaron, probaron y aprendieron.
Luego les pregunté qué les parecía que en España no se pudiera hacer fuego casi en ningún sitio, y que la mayoría de los adultos no supiera montar una fogata. Esperaba alguna risa. Lo que recibí fue comprensión. Casi nos disculparon: aquí el contexto es otro, aquí para vivir no hace falta el fuego. Lo dijeron con la paciencia con la que se le explica algo a alguien que no tiene la culpa de no saberlo.
Ocho adolescentes siendo indulgentes con mi cultura. Eso no viene en ningún temario.
Antes de que alguien saque la conclusión fácil: no, esto no va de que en África se viva en la Edad de Piedra ni de que nadie lleve el fuego en la sangre. Senegal tiene ciudades, móviles y atascos como cualquier sitio. Va de algo mucho más incómodo para nosotrxs.
El impostor era yo
Porque ahí estaba yo. Hombre blanco, nacido en España, con titulación universitaria, años de formación, material de sobra y una escuela que, entre otras cosas, enseña a hacer fuego.
Yo también he cocinado al fuego. Muchas veces. Pero siempre porque quise. Siempre con una nevera y un supermercado esperándome a la vuelta.
Y delante, ocho jóvenes que lo han hecho porque tocaba.
Llevo años peleándome con el síndrome del impostor, y en este gremio lo considero casi una virtud: quien duda, se sigue formando o se limita a enseñar solo lo que domina. Que no es poco. Pero esta vez el impostor no venía de lo que no sé, sino de lo que sí. De haber convertido en «técnica de supervivencia» algo que en buena parte del mundo es, simplemente, hacer la cena.
Y aquí va la parte que escuece.
En nuestro mundillo hay mucha gente, y me incluyo, que se ha postulado como experta en habilidades que en otros lugares maneja cualquier crío. Les ponemos nombre en inglés, las empaquetamos en un fin de semana, les asignamos un nivel y las vendemos con épica. Encender fuego, buscar agua, leer el viento. Lo que para medio planeta es rutina, para nosotros es contenido.

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No digo que no tenga valor enseñarlo aquí. Lo tiene, y mucho, precisamente porque lo hemos perdido. Digo que convendría bajarse del pedestal. Que el conocimiento no es nuestro. Que como mucho somos traductores de algo que otros siguen haciendo sin darle importancia.
Entonces, ¿es que la necesidad hace fuertes a las personas?
No. Y cuidado con esa tentación, porque es la puerta de entrada al discurso de «los tiempos duros forjan carácter», que acaba romantizando la pobreza y vendiendo el sufrimiento como pedagogía.
Ese grupo no sabe hacer fuego porque lo pasara mal. Sabe porque, de pequeños, alguien les dejó participar en tareas reales, con sentido, al lado de personas que sabían hacerlas. Eso tiene un nombre y no es «dureza». Es aprendizaje por observación, por responsabilidad, por confianza.
Lo que debilita no es la comodidad. Lo que debilita es que nadie te deje hacer nada.

Spoiler: la de la derecha no sale en ningún reality.
Y aquí confieso otro prejuicio, este en dirección contraria. Mis expectativas con los grupos de una UFIL nunca son bajas. Con quien me echo a temblar es con ciertos grupos muy acompañados, muy protegidos, muy acostumbrados a que alguien les resuelva el problema antes de que lo tengan. No es una cuestión de dinero. Es de cuánta responsabilidad real se le ha dado a cada persona en su vida.
Y lo que he comprobado una y otra vez con grupos como el de ayer es que basta con hablarles desde el respeto, con cariño y como alguien igual a ellos. Con la autoridad del puesto y el conocimiento, sí. Pero no por encima.
¿Qué me llevo para mi práctica como educador?

El regalo perfecto para quien quiere que sus hijos sepan hacer fuego, pero sin fuego. Ni hijos haciendo nada
- Preguntar antes de explicar. En cualquier grupo puede haber alguien que sepa más que tú de lo que vas a enseñar. Si no preguntas, nunca lo sabrás. Y esa persona se habrá aburrido mirándote.
- Dar responsabilidad de verdad. No la de rellenar una ficha, sino la de resolver algo que importa. La competencia nace de ahí.
- Revisar desde dónde enseñamos. Nuestro privilegio no invalida lo que sabemos, pero sí nos obliga a enseñarlo con humildad y a reconocer de dónde viene.
- Desconfiar de nuestros prejuicios. De todos. También de los amables.

Protocolo de seguridad aprobado. El riesgo de que aprenda algo ha quedado reducido a cero.
En Supervivencia Educativa nos llamamos facilitadores precisamente por esto. Ayer lo vimos mejor que nunca, Laura, Sergio, Alberto y yo: a veces facilitar consiste en cerrar la boca y dejar que la clase la dé otro.
La supervivencia no se inventó en un curso de fin de semana. Nosotros solo le hemos puesto precio.
¿Te has encontrado alguna vez con alguien que te ha dado una lección en algo de lo que se suponía que tú eras el experto? ¿Con qué prejuicio te pilló? Cuéntamelo en comentarios y comparte esta reflexión con ese colega que todavía va por el monte con chaleco de instructor. Entre todxs, a ver si aprendemos a bajarnos del púlpito.













